
Estos días he lamentado el fallecimiento de la mamá de unos amigos míos. Dentro de lo imposibilitado de tiempo que me tiene el trabajo, iwal pude compartir con ellos su penita y hacerme presente en una de las pérdidas a las cuales le temo más que nada en la vida.
No le tengo miedo a morir, sino a que se me muera la gente que amo. Una eventualidad que aun no logro asumir por completo, debido supongo a mi filosofía carpe diem y a mi perspectiva ultra positivista que algunos admiran y a otros irrita a full. Como no le tengo miedo a irme de este mundillo, me dedico a vivirlo a consho siempre: como lo que quiero, hago lo que quiero, me compro lo que quiero, lloro cuando quiero, ignoro a quienes quiero ignorar y amo a quienes quiero amar. No le tengo miedo a irme de este tercer planeta por el sencillo hecho de que he tratado de dejarle buenos recuerdos a la gente que quiero. Por que al final, lo que queda son los recuerdos, los hechos, las cosas con las cuales yo quiero que me recuerden.
Pero la pérdida de alguien que sí quiero es algo que me complica. Es la posibilidad que nunka manejo y que más seguido que nunka se hace presente. Debe ser ese sentimiento mezquino de pensar que ya no podré estar con esa persona nunka mas, ese pensamiento no muy generoso de pensar por mi y no por la paz del otro y que se debe a lo indefensos que nos sentimos frente a su ausencia. Esa pérdida sin duda la genera el recuerdo, ese recuerdo que con el tiempo ya no duele tanto y que ya no hace sacar lágrimas sino resignación.
La pérdida afecta netamente a la pertenencia individual y colectiva; afecta la historia personal y las proyecciones individuales. Todos dicen que hay que seguir adelante, que la rutina es la mejor arma contra ese dolor. Pero la verdad es que la rutina es otra... la ruta se hace distinta frente a una pérdida. Algunos les hace bien; otros no se recuperan jamás. Jamás sabré que será de mi cuando muera mi madre, mi padre, mis abuelitos que quedan. O lo que es peor: cuando la pérdida afecta a alguien que cronológicamente no le corresponde morir sino que es víctima de las circunstancias, como un amigo.
Y como no lo sé, carpe diem. Vivir y vivirlos a cada uno de ellos de la mejor forma: aprender de cada una de las personas que ocupan un pedacito de mi corazón; compartir con ellos con honestidad; hacerlos partícipe de mis penas, mis alegrias, mis dudas, mis caidas y mis batallas ganadas. Esa es la unica manera de que la perdida no afecte menos, sino que se diluya más rapidamente. Mi madre me dijo una vez que quienes más lloran son los que tienen la conciencia intranquila frente a quien se les vá. Y es muy cierto.